Por: Salvador Herrera García Cronista de Catemaco

Una noche, cuya fecha se pierde en la bruma del pasado, una borrasca sorprendió a cierto pescador en medio del lago. Sobrecogido de terror, el hombre luchaba, entre las tinieblas y la tempestad, por mantener el rumbo de su barca y evitar el naufragio…Desesperado se encomendó a San Juan Bautista, santo protector de los ríos y los lagos…

Cuando la tormenta amainó y el lago reflejaba aparente calma, el hombre vio con extrañeza y miedo cómo desde la hondura surgió una extraña e impetuosa corriente que desvió la ruta de la frágil embarcación y la dirigió hacia un punto de la oscura ribera donde resplandecía una misteriosa luz….

La curiosidad venció al temor, sigilosamente, el pescador acercó su barca…Y asombrado constató que el destello se desprendía de un tegal, una gruta oculta entre el acantilado…

Ahí, sobre una piedra blanca, rodeada de nenúfares, estaba una imagen…Era la Virgen del Carmelo, de la que tanto les hablaron los padres misioneros que llegaron una vez al poblado…. Era la madre de Dios, con su dulce rostro de infanta, coronada de luz, cubierta con su manto café y el niño en sus brazos. Azorado, la contempló largo rato…

Luego, repuesto de la sorpresa, partió rumbo al pueblo para avisar del hallazgo…Remaba presuroso…Cuando tocó tierra, el pequeño poblado de Catemaco aún dormía el último sueño. Su grito rompió el silencio de la madrugada:

-¡Vengan, vengan a ver la aparición¡…¡Ella está con nosotros¡-

Repetía a voz en cuello, mientras corría difundiendo la noticia por las escasas y despobladas callejuelas .

Amanecía cuando los vecinos, curiosos, atendieron su llamado. Las canoas disponibles fueron abarrotadas y enfiladas hacia el sitio de la aparición. Y esa mañana, dorada por el sol de julio, un privilegiado grupo de hombres, mujeres y niños contempló el portento: Entre la penumbra de las frondas, rodeada de flores silvestres, posada sobre la piedra blanca, estaba la Virgen..

No se hicieron esperar rezos y cantos de alabanza. Desde ese día el “tegal” o “casa de piedra” fue considerado sitio sagrado. Y punto obligado para rendir culto a la aparecida. A poco, la imagen fue llevada al poblado y alojada en una ermita de cañas y zacate. Años después construirían un pequeño templo de calicanto, techumbre de tejas y altar de madera estofada de oro…

La Virgen del Carmen llegó para quedarse y ser patrona del poblado. La fama de sus milagros pronto se extendió más allá de la sierra de los Tuxtlas y los llanos de Sotavento. Desde puntos vecinos y lejanos comenzaron a llegar peregrinos. Así, se volvió constante el flujo de fieles que de diversos puntos de las riberas del Papaloapan, del sureste mexicano, del istmo oaxaqueño, la chontalpa tabasqueña o de Chiapas, viajaban por lo menos una vez al año en nutridas peregrinaciones, hasta el pequeño poblado de Catemaco, para dar gracias y rendir pleitesía a la imagen carmelita… Su pequeño templo se pobló de retablos que agradecían favores, y sus arcas se colmaron de dinero, oro y piedras preciosas.

En el tegal, pequeña gruta situada en un bello paraje del lago, aún puede verse la piedra redonda, blanqueada por el guano de las aves lacustres, que conserva la marca de diminutos pies…Aseguran que son los de la Virgen…

Tal cuenta la leyenda…

Los cronistas asientan que la imagen fue traída por el fraile español Diego de Lozada a principios del siglo XVIII…La Virgen del Carmen llegó a ser imprescindible en el devenir de la historia y de la idiosincrasia catemaqueña…

¿Y qué fue del pescador…? La conseja popular dio el nombre de Juan Catemaxca al mítico personaje que, según la leyenda, presenció la aparición, aquella noche tempestuosa de tiempos remotos, que marcó el comienzo de una época en la vida del poblado…

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