Por Salvador Herrera García

Muchas décadas atrás, las fiestas de la Virgen del Carmen en Catemaco eran plenas en solemnidad y atractivos.

Motivadas por la arraigada devoción a la Virgen, llegaban pintorescas romerías procedentes de diversos puntos de la sierra de Soteapan. Viajaban por varios días a pie y a lomo de bestia. La avanzada con los estandartes representativos de las comunidades serranas, era seguida por el nutrido contingente.

Entraban al pueblo por el callejón de Solotepec, por el camino de la Cruz, entre tronar de cohetes, cantos religiosos y música de bandas…Una fiesta de colores se desprendía de los “refajos”, vestimenta característica de las mujeres de la sierra.

Los peregrinos buscaban hospedaje en los aleros o corredores y en los patios de las casas; mientras las cabalgaduras eran confinadas en los potreros aledaños. Muchos romeros traían provisión de comestibles, consistente en totopostes, carne seca y ahumada, frijoles secos, pozole o popo. La completaban con “topote” asado, que abundaba en el pueblo…ya que, en un pueblo de pescadores, por doquier había hornos de leña destinados al asado del minúsculo y abundante pez del lago. También a la feria acudían familias de los pueblos cercanos: San Andrés y Santiago Tuxtla.

Históricamente, la realización de las ferias patronales de los tres pueblos tuxtlecos, Catemaco entre ellos, quedó oficialmente autorizada, a través de un decreto de 1886 del gobernador del estado, general Luis Mier y Terán.

Sin embargo, según las crónicas, unos varios años antes del decreto oficial, durante el mes de julio era notoria la proliferación de romeros “fuereños” o “paisanos” y la llegada de comerciantes procedentes del altiplano, los llamados “arribeños” o “chilangos” que ofrecían variadas novedades…

Así, poco a poco, fue conformándose la feria a la que pronto se agregaron comerciantes de Oaxaca, Puebla, Córdoba y Orizaba, y con ellos los juegos mecánicos. La imaginación nos lleva a suponer que en esos años, cuando aún no había ferrocarril ni carretera, aquellos primeros comerciantes ambulantes llegaban con su mercancía a lomo de bestias, por lodosos caminos de herradura, activando así la arriería regional.

Arribaban a la región a través del embarcadero de Alonso Lázaro, donde se hacía conexión con los barcos de vapor que comunicaban el puerto de Veracruz con los pueblos ribereños del Papaloapan.…

Entrada la segunda década del siglo XX lo harían a través del tren ramal, puesto en servicio en 1913, que comunicaba la estación Ribes o El burro (ahora Juan Rodríguez Clara) con San Andrés Tuxtla. Y de ahí partían las recuas o las carretas cargadas de mercancía con destino a la Villa de Catemaco.

La festividad de la patrona del poblado duraba una semana. Su ritual religioso consistía en misas solemnes, en ocasiones celebradas por el obispo de la diócesis, oraciones y cantos a los “pies de la Virgen”, en agradecimiento a favores concedidos; acompañar la procesión de la imagen…acudir a orar al “Tegal”, bañarse en sus orillas y después…pasear la feria…

La religiosidad y el fervor popular tomaba visos dramáticos e impresionantes…Había fieles que recorrían de rodillas largas distancias y llegaban casi desmayados, con piernas y pies sangrantes, hasta el altar de la pequeña parroquia…Otros se “rameaban” con hirientes hierbas ante la imagen; había llanto silencioso o lúgubres lamentos… todo en señal de sacrificio o “arrepentimiento por los pecados”.

Ante la sagrada imagen de la Patrona, se “levantaba a los niños a los pies de la Virgen”. Ceremonia ancestral en la que un padrino, generalmente ocasional, cargaba al infante y lo “limpiaba” con hierbas de olor, mientras se rezaban invocaciones a la protección mariana. Y así en cada feria se multiplicaban los ahijados y los compadrazgos.

Pero había que agradecer a la patrona los milagros y dones concedidos. Por ello al “pagar la manda”, se le retribuía con joyas o monedas de oro y plata…Se dice que ríos de dinero entraban a las arcas parroquiales. Y los ancianos contaban que había quienes, agradecidos por los favores recibidos de la milagrosa imagen, le regalaban terrenos, ganado vacuno y otros valores materiales…

Así, la Virgen del Carmen llegó a ser poseedora de vastas extensiones de tierras laborables, haciendas, hatos ganaderos, joyería de oro y plata que estaban bajo la custodia de las Cofradías, y a la disposición de los mayordomos y, por supuesto, del clero…

Cuenta una leyenda que un mayordomo acostumbraba jugar briscas con la Virgen. Ella apostaba terrenos o ganado; él, sencillas monedas de cobre… Ya podemos imaginarnos quien sería el ganador de esas “sagradas” partidas de naipes…

Seguramente, la lejanía y lo incomunicado de estas regiones hizo que las leyes de Reforma, decretadas por Juárez en 1864, no se aplicaran rigurosamente, en lo que respecta a los cultos y propiedades clericales…Fue hasta entrado el siglo XX, durante el periodo del gobernador Adalberto Tejeda, cuando se reglamentó lo concerniente a diezmos, limosnas, donaciones y bienes de la iglesia administrados por las llamadas juntas civiles…

Inclusive, hubo una época de templos cerrados, como protesta por la ley de cultos promulgada por el presidente Calles… Sin embargo, nunca las ferias, tanto la patronal como de semana santa, fueron suspendidas o interrumpidas, se aceptaban como una tradición que, además, activaba la economía regional y establecía lazos de amistad entre los visitantes…

Las ferias se extendían al rededor del templo y del parque. Grandes manteados sostenidos por armazones de madera cobijaban los “puestos” de los “arribeños” que ofrecían un variado y atrayente surtido de productos y objetos artesanales: Loza de Puebla y Oaxaca; metates de cantera de Querétaro; laqueados, madera torneada y dulcería de Michoacán; juguetería de Querétaro y Guanajuato; dulces de puebla y artesanía de barro del Estado de México y de Jalisco;,…Pan de Oaxaca y Tlaxcala, piezas barnizadas y decoradas con motivos florales y mensajes alusivos: “para mi noviecita santa”, “para mi querida suegra”…”para mi madrecita”…

El dulce sabor y los mexicanos colores de chilacayotes, biznagas, camotes, peras, duraznos, tejocotes, higos, piña, coco y naranjas acitronadas; los cartuchos de cacahuates, garapiñados o en palanquetas; barquillos de cajeta, los anisillos, la colación y la alegría del amaranto.

Variada y prodigiosa juguetería. De madera y en miniatura: camas, mesas, cunas, trasteros; culebritas, cajitas sorpresa, carritos, yoyos, baleros, sube y baja escaleras, boxeadores, espadas, trompos. Trastos de cocina miniaturizados y elaborados en los más diversos materiales. Coloreteadas muñecas, gorros, espadas y máscaras de cartonería. Diversidad de miniaturas de plomo o de vidrio soplado…

Zapatos y talabartería de Guanajuato; deshilados, rebozos y tejidos de Aguascalientes; arreos campiranos de Amozoc; trastos de peltre de Monterrey; herramientas, ropa, bisutería, de la ciudad de México…Frutas frescas de Puebla y Tlaxcala; Flores y Plantas de Morelos…

Mientras, las fondas desplegaban variedad de deliciosos platillos, y no faltaban la gastronomía local con las auténticas y sabrosas mojarras y otros especímenes del lago en sus diversos guisos, dispuestos en largas mesas…

Delimitada estaba la zona de carpas cantina, con sus tocadiscos de cuerda, primero; luego con las rocolas o sinfonolas, que por veinte centavos tocaban el disco moda…las jóvenes y guapetonas meseras –ahora son edecanes- no se deban abasto para atender a la distinguida clientela amante de la cerveza o del chínguiri…

Para los infantes, y también los adultos de ese tiempo, la atracción principal serían los juegos mecánicos, signo de modernidad en la época. Así, el “Carnaval Estrella” de don Casimiro Vázquez o las “Atracciones López”, ofrecían la aventura de abordar el carrusel de caballitos, las sillas voladoras y la rueda de la fortuna… Primero movidos por tracciones humanas; luego impulsados por motores de gasolina o eléctricas…Fueron pioneros de una serie de maravillosos ingenios mecánico electrónicos, gozo de la juventud contemporánea.

La novedad atraía a la multitud que se agolpaba en torno a los juegos mecánicos. Los “caballitos”, eran preferidos por los niños y algunos adultos, mientras los jóvenes optaban por el reto de las “sillas voladoras” y sus vertiginosos giros…

O la emoción de la “Rueda de la fortuna”, cuyas subidas y -sobre todo- las bajadas provocaban penosos estragos estomacales en los usuarios…que descendían del aparato mareados, con la mirada perdida y más verdes que un mango tierno…

Eran imprescindibles los fotógrafos ambulantes con sus incómodas cámaras de cajón. Y las llamativas escenografías de estridente colorido, pintadas sobre mantas o lonas y sostenidas por bastidores de madera. Sus temas eran escenas alusivas a las apariciones no sólo de la virgen de Catemaco, sino de las imágenes de la virgen de Guadalupe o de San Juan de los Lagos. Lo que hace suponer que su recorrido anual comprendía ferias y santuarios de diversos lugares.

Además de la escenografía, el fotógrafo traía una amplia y variada utilería: Trajes de china poblana y de charro, rebozos, trajes y sombreros campiranos o de catrín, de diversos modelos y tamaños; botas, cinturones, cananas y pistolas… Y el indispensable caballo de madera, de tamaño natural… Los interesados escogían el traje a su gusto y medida…Y convertidos en apuestos jinetes o planchados citadinos se disponía a ser fotografiados.

Decidida la pose, el fotógrafo corría a meter medio cuerpo en el paño negro, tras la cámara, para enfocar la escena… y “clic” … Después, el cliente se retiraba feliz con la foto, donde estaba retenido en tonos sepia un momento de feliz paseo por la feria, enmarcado por la leyenda: “Recuerdo de Catemaco y de la Virgen del Carmen”.

Como en toda feria pueblerina, no faltaban los “pajaritos de la suerte”. A ellos se acercaban los niños y parejas de enamorados…Los pequeños plumíferos “Pepito” o “Paquito” -a los que, dicen, hacían tragar un balín para impedir su vuelo-, se aprestaban a sacar, por unos granos de alpiste, los papelitos de la buena ventura…

Y entre el rebumbio se hacía notar el grito de “Venga, apueste, adivine… ¿Dónde quedó la bolita?”. Los timadores con su cajón forrado de franela roja, se escudaban entre la multitud con sus paleros, siempre a la caza de incautos que, cegados por la ambición, generalmente salían desplumados…Años después llegarían los tahúres con el tapete verde y la ruleta…

En alguna esquina del parque se establecían las tehuanas o “tecas” luciendo sus llamativos trajes típicos oaxaqueños. En grandes canastas ofrecían camarón seco, totopostes de viento, coquitos de aceite, piezas de alfarería, así como aretes, prendedores anillos y collares de oro…

Mientras, desde la carpa de las loterías o “polacas”, se esparcían los característicos gritos: “Pásele, pásele… Hay campo, lugar y tablas…Corre y va corriendo”;… y la gente abarrotaba los lugares y cartones de la lotería… Y de repente, mientras el gritón nombraba: “el sol, la dama… el negrito…” y demás parafernalia, se escuchaba el entusiasta grito de “¡Lotería¡… Mano, Lotería…!” de quien, habiendo ganado recibía como premio un trasto de loza, vidrio o peltre o un adorno para la casa …

Jóvenes que querían probar o demostrar su buena puntería, colmaban las carpas de tiro al blanco…para dispararle a las figuritas de plomo, los tornillos o las canicas…Mientras, las damitas preferían los tendidos de tiro con aros, donde los premios eran atractivas figuras de yeso…

Por alguna esquina, la carpa de los títeres de hilo, los “autómatas”, atraían a a chicos y grandes con la graciosa magia de las marionetas que representaban a cantantes de moda o inocentes adaptaciones de cuentos clásicos…Y por doquier en cualquier campito y siempre “atrasito de la raya”, los merolicos con sus muñecos ventrículos, sus víboras y el misterioso “chimino”, anunciaban tónicos milagrosos, yerbas, menjurjes y pomadas curalotodo. También abundaban los sacamuelas… y los videntes, consejeros de enamorados, adivinadores de la suerte y descubridores de objetos perdidos…

Entre las atracciones más visitadas estaba la carpa de la “mujer tortuga”, que tomó esas características como castigo por “desobedecer a sus padres” … Y por ese mismo pecado, la “cabecita parlante” era exhibida en un stand donde, tanda tras tanda, contaba su negra y triste historia que haría llorar a más de un inocente y crédulo espectador… Y repartidos por todos los rincones de la feria, un sinnúmero de vendedores de curiosidades y golosinas.

Eran imprescindibles las “toreadas”. En el gran llano del Rodeo, se armaba un rústico redondel, que a las cuatro de la tarde era abarrotado por los amantes del jaripeo. En el ruedo se lucían los afamados caporales y jinetes de la vecina villa de Comoapan, dando faena a desnutridas pero ariscas vaquillas…Y también partía plaza uno que otro borrachito que ponía la nota chusca en la “fiesta brava”.

Para completar la diversión de la feria no falta el bailongo, amenizado por conjuntos filarmónicos de aficionados. A partir de 1894, cuando el alcalde don Francisco, “tío Pancho”, Mortera inauguró el primer parque, se inició la costumbre de dar vueltas en torno al quiosco; las muchachas en sentido contrario al de los muchachos…

En las primeras décadas el siglo XX ya destacaban algunos conjuntos instrumentales, el más conocido y famoso en la región fue el concierto de los hermanos Moreno, fundado y dirigido por don Darío Moreno Pérez. Con los años surgirían nuevos y excelentes grupos musicales – “Marimba orquesta”, les llamaban- que amenizaban bailes y tertulias, como los Hermanos Santos, los Hermanos Organista, los Taxilaga, los Patitos…

Y mientras la banda o la marimba orquesta tocaba en el quiosco, al pie de la torre del Reloj el fandango hacia retumbar la tarima al compás de sones y jaranas de los grupos de Cándido Cruz y Santiago Martínez, patriarca de la “martinada”, una extensa familia fandanguera y alegre…Y donde había fandango no faltaban los tragos o “fajos” de rasposo aguardiente, los dulces y pegadores toritos de frutas y el café con piquete… Y por ahí las carpas con venta de cerveza, atendidas por bellas istmeñas, “tecas”, las que venían a perturbar a los catemaqueños y con el tiempo agregaron a su negocio la atracción musical de las sinfonolas.

Algunos paisanos abusaban del chínguere y se ponían tuturuscos, flotando entre los humos de las espirituosas bebidas. Y prestos, cual tecolotes, los gendarmes no se daban abasto a llevar a la comandancia a quienes, pasados de cucharadas, cometían desmanes y contribuían al enriquecimiento de las arcas municipales con la consabida multa…

Otro acontecimiento, esperado con expectación por propios y extraños, era la mojiganga, herencia hispana, enriquecida con la picardía jarocha…Varios catemaqueños, en diversas épocas, con su entusiasmo y creatividad impulsaron ese espectáculo, entre ellos se recuerda a los señores Crispín Absalón, Manuel Rojas, Carlos Domínguez, Bernardo Ortiz… Guillermo Moreno…

Recreaban personajes como la tarasca, el totole, el zapatero, y las porfirias – nombradas así en honor de don Porfirio-; recorrían el, pueblo al son de música de bandas de viento. Actualmente, otros promotores de la alegría como Meme Absalón, El Halcón Ramírez o El Muñeco patrocinan mojigangas que, aunque alejadas de la esencia original, ponen nota chusca en las fiestas.

Dentro del pequeño templo no cabía ni un alfiler. El espacio, de las puertas al altar, era acaparado por los devotos. En la penumbra del atiborrado recinto se confundían los aromas del incienso y el copal la cera quemada y la multitud…Mientras las campanas echadas a vuelo, se sumaban a la fiesta, distinguiéndose el argentino sonido de la campana Santa Marta, de añeja y especial historia…

Desde su nicho de cristal, en el altar barroco cubierto de laminillas de oro, la sagrada imagen de la Virgen del Carmen presidía el interminable desfile de fieles que llegaban a sus pies implorantes de milagros y gracias…Ahí dejaban sus ofrendas: ramos de hierbas olorosas, flores, dinero y joyas, como agradecimiento a las favores recibidos o solicitados…Y del altar llevaban, como reliquia, estampas de la imagen…

Agregaremos que al “pagar la promesas”, los fieles devotos ofrendaban a la virgen, además de dinero y joyas, objetos diversos y raros como vestidos, velos y coronas de novia, cirios de primera comunión, retratos, cabelleras naturales, copias de actas de casamiento, boletas escolares y demás variados documentos …

Después de cumplir sus compromisos religiosos, los visitantes, principalmente los llegados de la sierra de Soteapan, se encaminaban al paraje de El Tegal, donde según la leyenda se apareció la Virgen. Ahí, transcurrían largos momentos, encendían cirios o veladoras, rezaban y cantaban alabanzas. Y cerraban el ritual con el obligado baño en las aguas del lago…

En la playa o agua adentro, los visitantes se dedicaban a sus abluciones rituales; las mujeres, de todas las edades, se bañaban sin pena con el torso desnudo .…Y a lo largo de la ribera, a la sombra de los grandes y añosos árboles de apompo o de amate, abundaba templetes que ofrecían topote asado, aguas frescas, pulpa de tamarindo, pabellones de hielo raspado, aguardentosos machucados y toritos de frutas, como chochogo, jobo, nanche o chigalapolin.

Durante varios días, el pueblo vivía una euforia popular que favorecía a la iglesia, el comercio y a la economía local. Además, contagiaba a los demás pueblos de los Tuxtlas…

Y la fiesta tenía su cronista, por cierto no originario de Catemaco, sino del vecino poblado de Comoapan…Era don Crescencio o Crescenciano Brígido, mejor conocido como “Chenchano, el Vate Comoapeño”, versador empírico que se encargaba de difundir el programa de festejos y la crónica de los mismos, a través de graciosas y picantes cuartetas o décimas, impresas en volantes de papel china, que vendía por las calles…

El correr del tiempo, fue disipando muchos aspectos tradicionales y característica de las ferias. Ni la iglesia -principal beneficiaria de las generosas limosnas- ni la autoridad civil, que recaudaba importantes ingresos por la renta de espacios públicos, se preocuparon por alentar esta manifestación popular…

En años recientes, la facilidad del transporte permitió a los romeros regresar a su lugar de origen en breve tiempo, por lo que la visita al santuario catemaqueño podía hacerse en un día…Así fueron mermando las grandes procesiones que llegaban de la sierra…Además Los giros comerciales fueron cambiando… Y la feria se convirtió en un desordenado conjunto de vendimias.

Los cambios en los rituales religiosos, la indiferencia de los ministros del culto respecto a los usos y costumbres derivados del desconocimiento de la idiosincrasia catemaqueña, menguaron mucho el flujo de devotos y, por tanto, disminuyeron las limosnas y demás entradas monetarias…

De igual manera, las sucesivas autoridades civiles fueron restando interés en mantener el espíritu de una tradición centenaria, que fue cambiando y perdiendo mucho de sus características y esencia original.

Así, los puestos de artesanías, frutas, dulces y juguetes típicos de antaño dieron paso al plástico, a la fayuca y productos de manufactura asiática…Las fondas de comida típica local pasaron a ser expendedoras de tacos y tortas…Las antiguas atracciones fueron desapareciendo y llegó la invasión de cantinuchas, ruido incontrolable y basura por doquier…Acaso en la algarabía de los juegos mecánicos se refleje una porción de la alegría de antaño…

En el recuerdo quedaron aquellas ferias, con sus atractivos espectáculos. Sus ventas de variados, sencillos y bellos objetos de artesanía y exquisitas golosinas… Y las romerías de fieles y paseantes que, por una semana, y en torno a una venerada imagen religiosa, llegaban a interrumpir la monótona vida del poblado.

©shg.

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